12 de septiembre de 2012

CÓMO COMPRAR UN LIBRO SIN TEMOR A EQUIVOCARSE

Por: David González


El lector que busque descubrir una nueva novela o encontrar libros afines a sus gustos literarios tiene varias posibilidades tanto en el mundo físico como en internet. Las sugerencias del librero especializado conviven con las posibilidades de recomendación social `on line´o los clubes de lectura digitales. Son viejas y nuevas fórmulas de buscar, encontrar y comprar un libro sin temor a equivocarse.
La búsqueda de un buena lectura o el placer de descubrir un libro que case con nuestros gustos literarios siempre tienen en la curiosidad y en la recomendación sus mejores aliados.
Un paseo por una librería, la figura del librero como cicerone de nuestra próxima lectura o participar en tertulias o clubes literarios han sido las mejores fuentes de descubrimiento de autores y sus obras. Muchos lectores acuden a las librerías especializadas en novela negra, cine o gastronomía, por ejemplo, para deambular entre los anaqueles temáticos, curiosear entre portadas, sinopsis y leer los primeros capítulos.
El librero como cicerone 
Allí, los libreros detectan los gustos de sus clientes y les aconsejan primeras novelas de un escritor o libros y autores similares al género que demandamos.
Así, una anterior lectura nos lleva a otra. Si nos gustó Stieg Larsson, por ejemplo, es obvio que en las estanterías temáticas de la librería encontremos a sus herederas naturales, como son Camilla Läckberg, Äsa Larsson o Mari Jungstedt.
Sin embargo, ahora, internet también se presenta como antesala de la decisión de compra de un libro. En la red también se extiende el denominado sistema de lectura social y las propuestas automáticas de recomendación.

Prescriptores online 
Cuando indagamos en una librería online un libro de Almudena Grandes, un sistema de algoritmos nos enseña sus títulos anteriores o bien aquellas novelas equidistantes que también han buscado otros lectores. Confluyen así el género y la temática gracias a los metadatos de los buscadores de las librerías virtuales.
Además, las observaciones de los usuarios bajo el campo de comentarios de cada título también se presentan como aliciente. Muchas de ellas, bajo la clasificación de tres, cuatro o cinco estrellas, en el método de recomendaciones que puso de moda Amazon, incentiva a leer las opiniones, coincidir o discrepar.
Si creemos en la valoración de un lector de nuestros mismos gustos literarios podemos seguir la pista de los libros que también ha recomendado en la web de compra. Ese lector se transforma en nuestro prescriptor fiel y creamos comunidad.
Una vez llegamos al libro, ojear desde la pantalla los primeros capítulos en Amazon, Boquo (Casa del Libro) o Google Play se convierte cada vez más en un hábito previo a la compra de los lectores. Si esas primeras páginas enganchan, el título quizás acabe en las estanterías domésticas. 
Clubes de lectura 
Las actividades de los clubes de lectura que emprenden las bibliotecas públicas o algunas librerías dentro de sus actividades literarias aparecen, además, como antesala a la decisión de adquirir un libro.
El café librería La Buena Vida, por ejemplo, mantiene todos los martes un club de lectura de pago con escritores y editores. En el mundo virtual, este modelo lo están implantando también las editoriales en sus redes sociales y portales verticales.
Los encuentros digitales aparecen como tendencia en los últimos meses. Carmen Amoraga, finalista del Premio Planeta, por ejemplo, convoca a sus seguidores en Facebook para charlar sobre su reciente nueva novela El rayo dormido.
Las editoriales replican en internet el modelo de club de lectura, que cuenta con gran tradición en los países anglosajones. En los últimos meses, plataformas de libros en la nube, como 24symbols, y las redes sociales de lectores Libros.com y QueLibroleo.com lanzaron también sus propios clubes de lectura digitales.
Cada mes, se propone una novedad literaria y 24symbols da acceso gratis al título para que los lectores comenten y debatan sus impresiones en dichas redes sociales.
Todo cuenta. Ahora, la confianza del librero también se complementa con la recomendación de los propios lectores, tanto en las plataformas online como en dichos clubes de lectura digitales. Son viejas y nuevas fórmulas de buscar, encontrar y comprar un libro sin sentir el temor a equivocarse.

10 de septiembre de 2012

COMO ENSEÑAR A LOS NIÑOS A ODIAR LA LECTURA





     El autor previene a padres y madres para que no provoquen en sus hijos aversión por la lectura; les recomienda no comparar los hábitos lectores de sus hijos con los suyos propios a su edad; les advierte que deben respetar sus gustos, entre los que destaca el cómic, un género que muchos adultos rechazan por no considerarlo literatura. También considera que forzarles a leer es contraproducente, del mismo modo que es erróneo proponerles la lectura como alternativa a otros entretenimientos como la televisión.


Presentar el libro como alternativa a la TV

     Ésta es, quizá, una de las estrategias más eficaces para que nuestros hijos se alejen cabezonamente de los libros. Por un lado, porque para ellos la televisión es uno de los inventos más maravillosos y útiles de la historia de la humanidad. Y, por otro, porque los chicos no son tontos y piensan: «Oye, papi, si te parece que ver la tele es perder el tiempo, ¿por qué mamá y tú os pasáis todos los días varias horas delante del televisor?»

Además, somos tan poco delicados con sus gustos y aficiones que les decimos que tienen que leer en vez de mirar la tele, que han de coger los libros de la escuela «... en lugar de perder el tiempo con esas estupideces». ¡Viva el respeto a las ideas ajenas!

Para los niños la TV no es una «estupidez» sino un entretenimiento divertido, ameno y útil. Tal vez objetivamente sea cierto que le dedican más tiempo de lo necesario, o que se refugian a veces «en aquel estado de semiinconsciencia en el cual el telespectador cae después de cierto tiempo, y del que es síntoma la total pasividad con la que acepta cualquier programa de la pequeña pantalla, sin escoger y sin reaccionar».

Pero no podemos olvidar que los méritos educativos de la TV superan a sus deméritos: enriquece el punto de vista, nutre el vocabulario, acerca una cantidad inverosímil de informaciones, enriquece el bagaje cultural de los niños… Sí, no seamos obtusos: ¡en cuántas casas el encefalograma cultural es absolutamente plano! Aunque sea discutible su calidad, la tele transmite cierta cultura.

Y no olvidemos que desde el punto de vista psicológico, negar una distracción, «una ocupación placentera (o sentida como tal, que es lo mismo), no es el modo ideal de hacer que se prefiera otra: será más bien el modo de echar sobre esta otra una sombra de fastidio y de castigo». 

Enfrentando los libros a los cómics

     Cuántas veces escuchamos de pequeños a algún adulto sabiondo escupirnos la frasecita: «¡Deja de leer tebeos, que son una tontería!» Nuestro maestro o nuestro padre amenazaba: «¡Te quemaré todos los tebeos si no te veo leer!». «¿Sólo un suficiente en lengua, eh? A partir de mañana se acabaron los tebeos»...

Hemos olvidado lo mal que nos sentíamos cuando nos prohibían abrir la páginas de El guerrero del antifaz, Corto Maltés, Flash Gordon, Tintín, El Capitán Trueno, Mortadelo y Filemón… Y ahora somos nosotros los que castigamos a nuestros hijos sin leer sus tebeos de Bola de Dragón, Spiderman o Sinchán.

En este caso prohibir no sirve para nada porque acabarán leyendo tebeos escondidos en el cuarto de baño como hacíamos nosotros, o en casa de un amigo.

Los cómics no pueden ser considerados en sentido estricto un subgénero de la literatura, pero su función de puente hacia lecturas más canónicas es indiscutible. En medio de las cenagosas y obligatorias lecturas escolares, las aventuras de los tebeos suponen una ventana por la que penetra un mundo fantástico e ilusionante.

Verne, Salgari, Gordon, Blyton, Agatha Christie… han sido para muchos de los adultos de hoy la lectura más estimulante, más instructiva y probablemente la más educativa de su infancia, aunque los críticos literarios podrían hablar de «subliteratura».

El cómic –nos recuerda Rodari– «posee la función de nutrir y alimentar la necesidad de aventuras, de comicidad de rápida consumición y renovación constante: es manejable, es económico, es cambiable. Los niños no tienen necesidad sólo de buenas lecturas».

No existe relación de causa-efecto entre la lectura de tebeos y el rechazo de los libros «de verdad»: todos conocemos chicas y chicos (también adultos) que leen mucho y con la mano izquierda cultivan también el huertecillo de los tebeos.

Cuando yo era joven los chavales leíamos más

     A menudo tenemos la tentación los adultos (y raras veces la resistimos) de añorar nuestra infancia porque guardamos de ella un recuerdo distorsionado por el paso del tiempo y la necesidad de idealizar lo que no tenemos. La memoria es una aduladora y engaña hábilmente, pero es difícil darse cuenta de ello.

¡Cómo se leía cuando éramos pequeños! ¿De verdad? ¿Cuándo? ¿Hace cien años, cuando la mayoría de los españoles eran analfabetos? ¿Hace cuarenta años, cuando varios millones ni siquiera sabían leer? Además, los que leían más eran los hijos de la burguesía, porque lo que es el resto de los mortales, trabajadores y clase miserable, no tenía dinero para comprar unos libros que no poseían ni siquiera un aspecto medianamente atractivo porque sus ediciones eran en muchos casos vulgares y cutres.

«Antes había buenos libros para los niños». No intentemos que nuestros hijos añoren un pasado que no es el suyo porque no pueden identificarse con la nada. Y, volvemos a recordar otra incoherencia adulta: «Papi, si los libros que tenías de pequeño eran tan buenos y te gustaban tanto, ¿por qué no conservas ninguno?».

Los niños de hoy teneis demasiadas distracciones

     «…Y por eso leéis tan poco». La catastrófica organización del tiempo libre de nuestros hijos no es la causa de que no lean. Unas veces el tiempo libre no es más que «tiempo vacío», tiempo desaprovechado porque los padres no enseñamos a nuestros pequeños a convertirlo en un ocio creativo y estimulante.

Otras veces su tiempo libre, el no ocupado por las tareas escolares, se barniza con una neurótica obsesión por las «clase de…»: les obligamos a aprender informática, piano, inglés, ballet, artes marciales, danzas húngaras… ¿Cuándo tienen un ratito para abrir un libro de Literatura Infantil con la garantía de no quedarse dormidos por el agotamiento?

En muchas de nuestras ciudades no hay espacios para jugar, ni espectáculos medianamente creativos y enriquecedores para niños, ni bibliotecas, ni cosas por el estilo. En nuestras casas urbanas no hay sitio para el cuarto de los niños entendido como espacio íntimo e infranqueable...

Sí, es cierto, hoy en día hay más distracciones, pero su compatibilidad con los libros puede ser factible pues no depende «del número y de la calidad de los pasatiempos (es decir, de las ocupaciones más libres y por esto más queridas, y por esto de mayor eficacia educativa) sino del lugar que el libro ocupa en la vida del país, de la sociedad, de la escuela».

Echando la culpa a los niños de que no prefieren los libros

     Echar la culpa a los niños, además de fácil, es comodísimo, porque sirve para ocultar las propias culpas. Reconocemos que los niños no leen lo suficiente, pero hay demasiadas casas en las que jamás entra un libro, hay millares de licenciados sin biblioteca, hay muchos padres que no leen siquiera el periódico, y después se sorprenden si los hijos hacen como ellos, hay responsabilidades de la escuela y del Estado... En las editoriales para niños, el criterio comercial prevalece siempre sobre el criterio pedagógico.

«Acusado como el único responsable de una situación compleja y agravada aún por la crisis de los ideales educativos hasta ayer pacíficamente aceptados, el niño reacciona como puede: largándose a jugar al patio, o escondiendo bajo la almohada su querido álbum de cómics».

Transformando el libro en instrumento de tortura
  
     Este sistema se aplica intensamente en muchas escuelas: los maestros obligan a los niños desde preescolar a copiar página por página su primer libro de lectura. Tras esta tarea, que para el niño no tiene sentido ni interés alguno, se añade la división en sílabas. ¡Si supiera cómo se divierten! Con el tiempo llega el análisis gramatical y después hace su entrada triunfal el análisis lógico, el resumir, el aprender de memoria, etc. Todos esos ejercicios multiplican las dificultades de lectura y en lugar de facilitarlas, le quitan al libro cualquier capacidad de entretener, de conmover, de interesar.

 «La lectura no es ya un fin a perseguir laudablemente, sino un medio para actividades más serias, o que se presuponen como tales. El libro que entra en la escuela bajo el esquema del rendimiento escolar produce respuestas puramente escolares: no es algo hermoso y bueno de lo cual se tiene necesidad, sino algo que utiliza el maestro para expresar un juicio».
  
Negarse a leer al niño

     Este Al narrar o leer un cuento al niño la intimidad, la confianza, la comunión entre padres e hijos se expresan de un modo único e irrepetible. Pero hoy en día pocos padres tienen tiempo y ganas de leer un cuento a sus niños. Compartir la lectura es «promover el libro de mero objeto de papel impreso a intermediario afectuoso, a momento de la vida».

No ofreciendo una eleccion suficiente

     Si el abanico de materiales de lectura que ofrecemos a nuestros hijos no es variado y rico, su rechazo a los cuentos puede significar tan solo que le gustan otro tipo de lecturas: libros documentales, tebeos, prensa deportiva, revistas juveniles, lecturas digitales, etc. Favorezcamos la creación de «su» biblioteca personal, que iremos enriqueciendo consultando sus gustos y momentos lectores.

Ordenando leer

     Éste es el método más eficaz si se quiere que los jóvenes aprendan a odiar los libros. Es seguro al ciento por ciento. Facilísimo de aplicar. «Se toma a un muchacho, se toma un libro, se colocan los dos en una mesa y se prohíbe que el trío se divida antes de determinada hora. Para garantizar el éxito de la operación, se anuncia al muchacho que al finalizar el tiempo estipulado deberá resumir las páginas leídas».

El joven sacará una lección por su cuenta que no olvidará en lo sucesivo: hay que leer porque los mayores lo mandan.
No decimos que no sean necesarias las lecturas obligatorias. El niño las aceptará si a cambio le damos oportunidad de leer dentro del tiempo escolar lo que le dé la gana, sin pedirle nada a cambio.

«Una técnica se puede aprender con pescozones: así la técnica de la lectura. Pero el amor por la lectura no es una técnica, es algo bastante más interior y ligado a la vida y con pescozones (reales o metafóricos) no se aprende».